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El punto más alto de Costa Rica

Durante la Semana Santa de este año tuve la oportunidad de subir el cerro más alto de Costa Rica: el Chirripó. Para los que no son atletas o quienes quieren aprovechar el increíble escenario que ofrece el lugar, la visita exige quedarse al menos una noche dentro del parque, en un albergue que se encuentra a quince kilómetros del pueblo más cercano y en donde únicamente se puede llegar caminando o a caballo.

 

Semanas antes de la fecha de subida, empezaron a surgirme miles de preguntas, desde si iba lograr llegar a la cima, hasta cómo sería la experiencia de dormir y comer en un albergue que -como popularmente decimos- se encuentra “en el medio de la nada”. El día antes de ascender, llegué al pueblo de San Gerardo de Rivas, el lugar de partida más común para iniciar el trayecto; ahí tuve que completar los trámites administrativos requeridos. A partir de ese momento, ya la experiencia de subir el Chirripó resultaba positiva y gratificante. Las personas que atendieron fueron amables, colaboradoras y proactivas y todo se realizó de una forma ordenada y expedita. A la hora de coordinar la estadía en el albergue me ofrecieron opciones de menú, me consultaron si tenía algún tipo de alergia o intolerancia, para asegurarse de preparar la comida de forma adecuada.

Para ese momento estaba realmente impresionada y automáticamente pensé que de seguro el Parque estaba siendo administrado por una empresa extranjera. Pero me equivoqué. La administración del parque se dio en concesión al Consorcio Aguas Eternas, una organización 100% costarricense, que está compuesta por la Cámara de Turismo Rural Comunitario Chirripó, la Asociación de Desarrollo Integral de San Gerardo de Rivas y la Asociación de Guías Arrieros, Porteadores y Cocineros del Chirripó. De extranjero no tiene nada.

Antes de la concesión, el Chirripó presentaba retos importantes. Por ejemplo, el costo solía ser sumamente elevado, el tiempo de espera para ascender era cerca de los 6 meses y era evidente la falta de personal, limpieza, entre otras deficiencias. Sin embargo, esta figura legal permitió que, por primera vez, una comunidad pudiera involucrarse de forma directa con un parque nacional, brindando y administrando aquellos servicios no esenciales que no implican la conservación del área protegida, como lo son el acarreo, la alimentación, el hospedaje, la tienda de souvernirs, entre otras actividades.

Gran parte de la economía de la zona depende del Chirripó y de todas las actividades y servicios conexos que el cerro genera. Por ello, decidieron unir esfuerzos y lo hicieron bien, con cada servicio que ofrecen. Uno de los dirigentes del Consorcio me explicó como el proceso no fue fácil, requirió (y requiere) ceder posiciones, negociar, definir responsabilidades y acciones para buscar el bien común; se trata de unir a un grupo de personas, con intereses e ideas distintas para brindar un servicio de calidad y eficiente del cual el usuario se sienta a gusto y complacido.

Por alguna razón mientras escribo esto, me suena tan lógico y racional lo que el Consorcio hizo y sigue haciendo, que me cuesta entender por qué estoy escribiendo un artículo sobre esto, pero es cuestión de abrir cualquier medio de comunicación para darse cuenta que cada día es más difícil tomar decisiones y acuerdos para un bien en común, y que más bien se dirigen esfuerzos y energías hacia la dirección contraria.

En mi opinión, la administración del cerro Chirripó es un ejemplo de cómo se deberían hacer las cosas. Aunque es claro que los problemas que actualmente enfrenta el país no tienen la misma dimensión a la administración de un parque nacional, sí creo que el Consorcio es un vivo ejemplo de que el interés común es lo que siempre debe prevalecer, y que si se puede lograr un balance en donde puedan congeniar posiciones distintas. Propongo que, al igual que la preparación que se requiere para subir, eliminemos los malos hábitos, seamos disciplinados, hagamos los esfuerzos necesarios y entendamos que es un largo camino el que nos toca para llevar al país a su punto más alto. Lo cierto es que, en definitiva, vale la pena el esfuerzo y es sumamente satisfactorio estar en la cima. 

 

Por: Sonia Aragón

 

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